Sobremesa en Japón 1: Por qué viajamos

Nuevos comienzos. 

Esta es la primera entrada del nuevo blog bilingüe Sobremesa; me ilusiona mucho volver a conectar con mis lectores hispano-parlantes. Siento haberos dejado de lado cuando puse pausa en Desayuno con guisantes para dedicar más tiempo al nuevo proyecto, Sobremesa. ¡Bienvenidos de nuevo! Espero que podáis encontraros a gusto aquí también.  

Tengo mucho para contar sobre mi viaje reciente a Japón, tanto que lo tendré que repartir entre varias entradas; hoy será la primera de varias. Esto implica una promesa de entradas regulares en el blog, algo que llevo tiempo queriendo hacer. Durante los años de Desayuno con guisantes, como sabréis, escribir en el blog era un ritual, una práctica semanal. En 2014 cuando nos mudamos a California, la vida tomó su (intenso) curso, y tuve que dejar de escribir por un tiempo. He vuelto para darme el gusto (y espero que a vosotros también). 

Toda mi vida soñé con visitar Japón. Durante la década de mis 30, me imaginaba que ocurriría para celebrar los 40. Eso no sucedió, ya que apenas tres meses después de cumplir los 40 nos mudamos a los EEUU, o sea en la dirección opuesta. Mi dulce familia, para complacerme, simuló un viaje a Japón el día que cumplí 40 en Barcelona. Decoraron la casa con papelería japonesa, cocinaron una cena japonesa e incluso me sentaron en una silla y me hicieron cerrar los ojos e imaginar que estaba en un avión rumbo a Kyoto. 

Poco a poco nos asentamos en nuestra nueva vida californiana, y Japón parecía cada vez más lejos. Sin embargo, a veces la vida tiene esas maneras extrañas de sorprendernos, y tres años después de ese viaje simulado, el verdadero se hizo realidad de una manera mágica e inesperada. 

Tardé unos meses en armar el itinerario. Como íbamos a estar para la época de los cerezos en flor, la temporada más alta de Japón, muchos sitios ya estaban completamente reservados... ¡sí que planifican con antelación los turistas! La ruta se fue configurando y de repente me encontré, a finales de marzo, a punto de subir, sola, a un avión a Fukuoka en Kyushu. La familia se reuniría conmigo 5 días después en Kyoto. Llamé a casa desde el aeropuerto de San Francisco, loca de nervios. Mira si las cosas no resultaban. Al final eso de tener expectativas tan enormes te puede jugar en contra; mejor fluir como el agua y dejar que las cosas sigan su curso. 

"Bruno, te lo crees? ¡Estoy a punto de subir al avión a Japón! Te acuerdas cuando cumplí los 40?"

"Sí," dijo Bruno, "en ese viaje también ibas sola en el avión." 

Mis primeros 5 días en Japón transcurrieron en el marco de un retiro en un ryokan, un hostal tradicional japonés, en Kumamoto en la isla de Kyushu. Los meses (o años) anteriores al viaje fueron bastante agitados, y unos días alejada de la civilización fueron el comienzo ideal para el viaje. Me bañé en las aguas termales dos veces por día, absorbiendo sus efectos sanadores, junto con el hecho de estar por fin en Japón. Me nutrieron con la mejor comida que probé en mi vida (más sobre eso en entradas que vendrán) y comí como si no hubiera mañana.  Los encantos del ryokan -su luz característica; la presencia de la naturaleza combinada con la arquitectura tradicional japonesa, madera y agua; el servicio atento y a la vez discreto de los empleados- me conmovieron hasta las lágrimas. Un día llamé a casa en un ataque de lágrimas. Me sentía tan afortunada de estar allí y no quería que terminara. Nunca. (A su vez, sé que esos días mágicos en el ryokan nunca serán del todo reales hasta que pueda llevar a I. hasta ese lugar. Viaje que vendrá.) 

Una de las mayores sorpresas de todo el viaje fue la posibilidad de establecer conexiones con gente a pesar de no hablar una sola palabra del mismo idioma. Me habían contado que en Japón no se hablaba mucho en lenguas extranjeras, dada su larga historia de aislamiento del mundo. En cualquier caso, tampoco me gusta la actitud etnocéntrica de ir por ahí asumiendo que todos me van a hablar en inglés. Si bien hablo cinco idiomas con cierta fluidez, el japonés no es, lamentablemente, una de ellas. 

Cuando I. y yo viajamos a Vietnam en 2004, tuvimos nuestra primera experiencia de comunicarnos por expresiones faciales y gestos, sumados a nuestras mejores intenciones. Nos arreglamos bastante bien, pero no puedo decir que hayamos tenido muchos intercambios significativos con locales. Esta vez, en cambio -y gracias a la ayuda de Google translate, que no existía en 2004- hubo unas pocas personas con las cuales nuestros intercambios pasaron a ser algunos de los momentos más memorables del viaje. Takako encabeza sin duda esta lista. 

En Kyoto reservamos un Airbnb, una machiya o casa de madera urbana tradicional. El dueño tenía una pequeña tienda de antigüedades en una habitación de la misma casa, en la cual nos divertimos revolviendo tarde por la noche. Allí colgaba un único kimono de seda de color rosa con flores. Siempre quise tener un kimono de verdad, y envié un email a nuestro anfitrión. El respondió (siempre con la ayuda de Google translate) preguntando por mis preferencias en marcas, colores y estilos. Oh, yo sólo quería un kimono tradicional japonés, le dije. 

"Mi madre es la que está a cargo de los kimonos," me dijo, "y tiene más de 500. En breve te dirá algo."

Y así lo hizo. Takako apareció en la puerta (vivía justo enfrente) al día siguiente, cargada de paquetes envueltos en papel de seda. Yo pensé que serían kimonos para elegir, pero sólo había dos que ella había seleccionado para nosotras, y todo lo que conlleva un kimono traditional, que era mucho más de lo que me esperaba: capas y capas conforman el traje completo, además de todos los cinturones y adornos. Nos dio un precio ridículamente asequible para semejante tesoro, y accedí a comprar uno para mí y otro para O., para el cual tendrá que crecer un poco. Pero no tenía idea cómo ponérmelo! "Takako", le dije a mi fiel aplicación en el teléfono (que, por cierto, nos proveyó de algunas traducciones muy poéticas que hicieron aún más divertido todo el intercambio), "necesito que nos enseñes cómo ponérnoslo."

"Mañana," respondió, "después de hablar con mis amigos, os avisaré a qué hora." Me sentí algo mal por imponer sobre sus planes con sus amigos para el día siguiente, pero nos quedaba poco tiempo en Kyoto y no me quería ir sin alguna idea de en qué me estaba metiendo. 

Unos minutos después, Takako volvió a golpear a nuestra puerta. Oh no, pensé, se dio cuenta de que cometió un error gravísimo en el precio que nos dio. Qué malpensada; Takako venía a invitarnos a cenar a su casa. Venid a mi casa en una hora, entendimos, haré gyoza

Aparecimos muy puntualmente y nos sentamos con Takako y sus hijos a cenar un festín de sopa de miso con huevo, picles, onigiri (triángulos de arroz) rellenos de atún, y unos 300 gyoza, las empanadillas japonesas (que en realidad son chinas) que se cocinaban en una plancha eléctrica en la misma mesa. También hubo té, sake, y cerveza. Eramos 7 personas, aunque había comida como para un ejército de soldados hambrientos. Cómo había logrado preparar todo eso en una hora es un misterio. 

Si bien no había un lenguaje verbal común, la sensación de intimidad y camaradería reinaba gracias a la sobremesa, el acto de compartir en torno a la comida. Aprendimos que la hija de Takako vivía en Francia y, creemos, está casada con un francés -Google translate nos dijo algo así como que "la otra media cara de mi hija es Francia" (poesía pura, os digo!). 

Para esto viajamos, no para ver templos y jardines, ni para juntar souvenirs que luego poblarán nuestras casas (aunque de esto también hubo). Viajamos para tener experiencias y conectar con personas. Cruzamos la calle esa noche para dormir en nuestra machiya felices y saciados, física y emocionalmente. 

Takako-san, a la izquierda. 

Takako-san, a la izquierda. 

Al día siguiente y con suma puntualidad, mientras estábamos turisteando en Nara, llegó un email avisando de la llegada de Takako a las cuatro de la tarde para darnos la lección de kimono. Nos subimos al tren de regreso a Kyoto y llegamos justo para abrirle la puerta a las cuatro en punto. Pero cuando la abrí, Takako estaba allí con dos mujeres más (una de ellas me doblaba al menos en edad y me llegaba al ombligo -y no es que yo sea demasiado alta). Sus amigas! No era que tenía otros planes con amigas, sino que tenía que consultar con ellas el horario para que vinieran a ayudar. Lo que es la comunicación intercultural. 

Takako y sus colegas pasaron las siguientes dos horas y media vistiéndonos. La kimono-sensei vistió para la tarea un delicado delantal de lino color lavanda, y se dedicó a sentarse en el futón y dar órdenes a las otras dos, más jóvenes. Se levantaba de vez en cuando para acomodar un cinturón y ajustar una tira ("mete el estómago, más fuerte!" fue el gesto que entendí y aguanté la respiración mientras tiraba con toda su fuerza). Cuando se concentraba mucho, se ponía a cantar una cancioncita en japonés y me daba palmaditas afectuosas en el trasero. Con Oli se demoraron mucho, ya que tuvieron que idear la manera de hacer que un kimono de tamaño completo se ajustara a un cuerpecito de 10 años y quedara perfecto (no había manera de que eso no fuera a suceder). 

por fin vestidas! 

por fin vestidas! 

Después de dos horas y media, todas estábamos cansadas y hambrientas. Las mujeres donaron su tiempo, no había manera de pagarles por lo que hicieron; no lo esperaban ni lo querían. Rara vez me he encontrado con semejante generosidad; de hecho la gente es muy celosa de su tiempo aquí donde vivimos y me he acostumbrado a ello. No creo que Takako lo haga con todos los clientes de Airbnb; creo que tuvo más que ver con algo que sintieron de mi parte, un genuino interés por su cultura y tradiciones, por lo cual ellas quisieron mostrar su apreciación. 

Insistimos en invitarlas a cenar al sitio de okonomiyaki barrial, del que habíamos leído excelentes reseñas. A ellas les pareció la risa; claro, es como ir a meterte unas patatas bravas en tu vestido de boda. Takako se fue corriendo diciendo algo incomprensible (que no nos dio tiempo de averiguar con el teléfono) y la kimono-sensei otro tanto. Luego entendimos (hubo comunicación, si bien algo demorada) que la anciana se había ido a reservar la única mesa en el sitio, mientras Takako se fue a su casa a buscar un montón de toallas, las cuales usó para envolvernos a Oli y a mí para que no nos mancháramos con las salpicaduras de la plancha, que estaba en el centro de la mesa. 

En un momento Oli me pidió que la llevara -rápido- a casa. "No puedo respirar," me dijo en voz baja. Las cintas que aguantaban el obi o cinturón estaban demasiado ajustadas, y más aún después de comer; yo también lo estaba sintiendo. Pobres geishas, pensé, cómo lo hacían? Correr a casa tampoco era una opción viable en esos zapatitos de madera.

detalles de nuestros obi

detalles de nuestros obi

Takako y yo nos despedimos a la mañana siguiente con lágrimas en los ojos. Le prometí que volvería de visita. Siempre dije en broma que creo que fui japonesa en una vida pasada; tantos aspectos de su cultura -gastronómica, estética- siempre me han pegado fuerte. Ahora sé que es verdad. A pesar de mis altas expectativas, Japón no me desilusionó ni un poquito. Quiero volver. Quién sabe; tal vez haya un viaje a Japón con Sobremesa Culinary Tours en el futuro. Quién se apunta?